El Pontón de la Oliva, paseo por una presa fantasma

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pontón de la oliva 

Si piensas que las obras públicas inacabadas por falta de presupuesto o que los puentes levadizos montados al revés son un problema de la España contemporánea, deberías conocer este lugar fronterizo entre Madrid y Guadalajar: El Pontón de la Oliva. Estamos ante lo que hoy en día se denominaría, en términos anglosajones, un epic fail mítico de la ingeniería española del siglo XIX. Un craso error con un problema…de base.

El rápido aumento de la población madrileña durante el siglo XIX puso sobre la mesa el problema de la falta de abastecimiento de agua en la capital. Los entonces 920 aguadores y las 54 fuentes no eran suficientes para dar una solución al asunto. Y así llegó la construcción del Pontón de la Oliva en el año 1851. Al acto inaugural asistía la reina Isabel II con toda la pompa ministerial para celebrar la creación de la que es hoy la presa más antigua del Canal al que la monarca daba nombre. Lo que no se sabía entonces es que tanta obra no serviría para nada.

 

Pontón de la Oliva

El Pontón de la Oliva. Fotografía de Charles Clifford

Con muros de 27 metros de altura, esta construcción fue llevada a cabo gracias al trabajo forzado de casi dos mil presos -en su mayoría provenientes de las guerras carlistas-, que sufrieron infinidad de penurias e incluso una epidemia de cólera que acabó con la vida de muchos de ellos. Sin embargo, no fue la mano cansada de los reos la que hizo que este intento de embalse fuera un fracaso arquitectónico, sino la elección del lugar para hacerlo por parte de los ingenieros Juan Rafo y Juan Ribera. La garganta natural del Cerro de la Oliva se encuentra en un terreno compuesto por piedra caliza, de características permeables, lo que provocó que año tras año, el nivel de agua del embalse quedara más bajo que el de la compuerta de salida, vaciándose irremediablemente. Las filtraciones hicieron de las suyas y después de tres décadas de vanos intentos para que funcionara, se optó por construir el Embalse del Villar, a 22 km de distancia, dejando abandonado definitivamente el Pontón de la Oliva. La construcción de esta presa fue, con todo, un modelo arquitectónico a seguir en el resto de Europa.

Lo que tenemos hoy en día en este punto de la Sierra de Ayllón es un mirador espectacular desde el que se pueden observar los cañones del río Lozoya y donde acuden numerosos grupos de escaladores para trepar por sus inmensos muros de roca caliza.

el pontón de la oliva

Desde el muro de la presa nace una pasarela volada que serpentea junto a la ribera del Lozoya a una altura privilegiada. El Pontón de la Oliva invita a pasear por este corredor, tocar y observar con detalle los grandes sillares, recovecos y los engranajes oxidados de la vieja toma para el riego. Las arandelas de hierro que aprisionaban a los reos permanecen intactas y amarradas a los muros como prueba de aquel episodio de la historia.

 

 

Elevando la mirada al horizonte, una zona montañosa, rojiza y calva llama la atención por comparación con los tonos verdosos propios de esta sierra. La erosión del viento y el agua han formado las Cárcavas de Valdepeñas de la Sierra, una gozada sensorial y, contra todo pronóstico, de origen natural, con características casi marcianas. La comparativa viene a la cabeza: desde la Capadocia turca hasta el Cañón del Colorado pasando por las Médulas leonesas. El paseo desde el Pontón de la Oliva hacia estas puntiagudas formaciones resulta muy atractivo para grupos con niños por la facilidad de su recorrido y por su poco desnivel.

el pontón de la oliva

Y todo esto tomando como campo base el pueblo de Patones de Arriba, a 4 km de la presa, una localidad que ha sido recuperada con sumo cuidado y que destaca en su gusto por la arquitectura negra, propia de los pueblos de esta zona de la Comunidad de Madrid.

Artículo y fotografías: Kelu Robles

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