Picasso y Dalí. Choque de talentos

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Salvador Dali y su lupa -Fotografía de Philippe Halsman

Salvador Dali y su lupa -Fotografía de Philippe Halsman

Se querían y se odiaban a partes iguales. Picasso y Dalí se reconocían como genios, se copiaban y se respetaban, pero como todos los artistas, ese punto de locura y ego pudo más que todo lo anterior, dejando entre ambos una tormentosa relación de envidias y celos que ni la inmensa admiración que se tenían pudo superar.
Es imposible encontrar una sola fotografía de Picasso y Dalí juntos, aunque fueron varias las ocasiones en las que coincidieron en el mismo lugar. Y es que la relación entre ambos artistas fue tormentosa hasta el día de la muerte del malagueño. Ese 8 de abril de 1973 Salvador Dalí quiso despedirse de “su padre artístico”, como el mismo le definió, en privado, pero la sola idea de ir hacia su casa de Mouguins, donde se velaba su cuerpo, aterrorizó al artista, así que le envió una corona de flores. Ésta acabó saliendo de esa casa por la ventana. Jacqueline, la viuda de Picasso, la lanzó fuera de su vista en cuanto la vio. Hasta ese punto de antipatía llegó la relación entre ambos genios. Dos mundos tan parecidos y a la vez tan alejados que acabaron chocando cual dos trenes lanzados en sentido contrario.

Hasta hace unas semanas una exposición organizada por el Museo Picasso de Barcelona ha acogido una muestra titulada Picasso-Dalí, Dalí-Picasso que ha estudiado por primera vez esta productiva relación. Ha sido una oportunidad única de acercarse a los dos artistas y observar su obra con una nueva luz, subrayando las dimensiones en las que sus caminos se encontraron. La muestra, sin embargo, ha puesto de manifiesto que después de la visita de Dalí a Picasso en su estudio de París, el artista ampurdanés vivió uno de los momentos más intensamente experimentales de su carrera: en poco tiempo pasó de realizar un simple “análisis” de la obra picassiana a desarrollar un lenguaje artístico propio y totalmente surrealista.

Imagen izquierda. Grupo de desnudos femeninos. Picasso. 1921. Imagen derecha. Bañistas de Es Llaner. Salvador Dalí. 1923.

La amistad entre Pablo y Salvador fue un toma y daca de admiración y envidia a la misma vez. Nunca negaron la admiración que tenían el uno del otro pero sin embargo, nunca se lo admitieron el uno al otro.
Todo comenzó en 1910, cuando a Picasso se fue a pasar el verano en Cadaqués, a la casa de la familia Pichot. Ramón Pichot, buen amigo del malagueño, fue a su vez el que apadrinó la todavía emergente carrera del joven Dalí, aunque para él, al principio, su inspiración fueran los clásicos como Velázquez o Rafael, a los que nunca dejaría de reivindicar. Para Dalí, Cadaqués era el lugar de vacaciones familiar y se convirtió, años después, en un tema importante en su pintura, así como lugar de residencia en su madurez.
A partir de 1917, el malagueño evolucionó hacia una nueva forma de expresión clasicista, con una representación de la figura en líneas simples y limpias, en lo que se entendió como un “retorno al orden” y un alejamiento de la experimentación vanguardista del cubismo. Dalí también experimentó con el neoclasicismo, como puede verse en su Retrato de mi hermana, vinculado a la obra de Picasso Retrato de Olga y que Dalí trabajaría de nuevo tras su visita a Picasso en 1926.
Unos años antes, en un manuscrito fechado en 1922, conservado en la Fundació Gala-Salvador Dalí de Figueres, aparece una frase escrita por éste último en el que directamente confiesa: “Me gusta Dalí”. Este documento ha sido consultado por el periodista y escritor Víctor Fernández, actual responsable de la sección de cultura en Cataluña del diario La Razón y que ha publicado un libro titulado Picasso y yo (Editorial Elba, 2015) sobre la relación que ambos pintores mantuvieron a lo largo de su vida a través de la correspondencia que Dalí fue escribiendo tanto al de Málaga como a otros amigos sobre su amistad y sobre la admiración de su obra. Es entonces cuando Dalí se marcha a Madrid, a la Residencia de Estudiantes, donde también se lleva las pinturas cubistas que comienza a pintar y donde se puede observar claramente la influencia picassiana. En la capital visita asiduamente el Museo del Prado, donde puede admirar y estudiar a los grandes maestros sin dejar a un lado las corrientes artísticas y las vanguardias que ya se mueven por Europa. Su estancia en la Residencia le cambio la vida. Allí se codeó con personajes como Rafael Alberti, Federico García Lorca o Buñuel.
Algunas de las obras que realizó en aquella época viajarían en 1925 a las Galeries Dalmau de Barcelona, donde se expusieron sus cuadros. Cuentan que Picasso visitó la muestra y sintió mucha curiosidad por la obra. Sólo faltaría un año para que ambos artistas se conociesen. Fue en París, cuando Dalí visitó el estudio de Picasso y pudo contemplar las obras recientes del artista. Picasso había vuelto a una forma de cubismo que incorporaba las ideas surrealistas de los sueños, la sexualidad y lo irracional. Cuando regresó de este viaje, el de Figueres empezó a trabajar en un conjunto importante de pinturas que reflejarían este encuentro artístico, con una serie de naturalezas muertas que representan un primer paso hacia su propio vocabulario artístico.
Picasso, junto con Georges Braque, fue el primer artista que introdujo el collage como forma de expresión artística. Artistas más jóvenes, como Dalí, lo adoptan por su carácter mecánico a la vez que simbólico.
De un modo similar, las exploraciones picassianas con objetos, como en el caso de la escultura Copa de absenta, sirven de modelo para los surrealistas en lo que llamarían “objetos de función simbólica”, que representan la imposición de la mente sobre la realidad.

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Imagen izquierda. Naturaleza muerta frente a una ventana, Saint-Raphaël. Picasso. 1919. Imagen derecha. Mesa delante del mar. Homenaje a Erik Satie. Salvador Dalí. 1926


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Pablo Picasso. Fotografía de Herbert List. Magnum Photos

La doble imagen utilizada por Picasso en obras como Mujer sentada o Retrato de chica abrió el camino para el “método paranoicocrítico” daliniano, en el que el artista propone crear a partir de la proyección del subconsciente sobre imágenes existentes, para dejar que surjan composiciones delirantes que reflejan lo irracional.
En 1927 comienza más profundamente la relación entre Dalí y Picasso. El artista catalán quería comenzar a cruzar fronteras y para ello sabía que necesitaba contar con buenos apoyos. El artista malagueño se convirtió en uno de ellos.  Cuando Gala y Salvador se marcharon a vivir a París su relación se estrechó.
A finales de los años veinte y principios de los treinta, la deformación de los cuerpos, las extremidades blandas y los fuertes contrastes de luces y sombras son utilizados como recursos pictóricos por ambos artistas para expresar las fuerzas oscuras y amenazadoras de la psique humana. La figura femenina, a menudo presente, plasma la ambigüedad de sus relaciones con la mujer, a veces musa espiritual y origen de la fuerza erótica vital, a veces símbolo de los instintos ocultos del subconsciente.
En 1933 Dalí ve la posibilidad de organizar una colaboración conjunta entre él y Picasso. Fue una pieza de cobre que estaba sin terminar cuando el primero lo visitó en su taller por primera vez. Picasso le dijo que lo terminase. No se supo nada de esa pieza hasta que apareció en la colección privada del pintor una vez fallecido. No se ha podido comprobar si ésta finalmente fue creada por esas cuatro privilegiadas manos.
Picasso y Dalí utilizan el grabado en series de imágenes relacionadas con obras maestras de la literatura para explorar intereses esenciales del surrealismo. Los aguafuertes de Picasso para la Metamorfosis de Ovidio son publicados por Skira, que más adelante publica los grabados de Dalí para el poema en prosa Los cantos de Maldoror del Conde de Lautréamont.
En 1934 los dos artistas trabajan con el grabador Roger Lacourière. En una prueba de la plancha de Las tres bañistas de Picasso, Dalí dibuja una pareja extraña de figuras canibalísticas y formas óseas y la considera un “cadáver exquisito” ―un juego inventado por los surrealistas en el que se crea una imagen colectiva―, aunque las circunstancias en las que se habría realizado nunca se han podido esclarecer.
Sin embargo el destino puso un océano de por medio y los Dalí se marcharon a Nueva York. Fue Picasso el que financió los billetes de avión para la pareja catalana. De vuelta a Europa, Dalí le dedicó el último homenaje público a su maestro colaborando en la exposición que se le hizo a Picasso en Barcelona, en enero de 1936. Pero llegó la guerra y ambos artistas respondieron de forma simultánea a los horrores de la Guerra Civil con obras potentes que escenificaban la angustia del drama humano.
Construcción blanda con judías hervidas (Premonición de la Guerra Civil) y el dibujo preparatorio de 1935 Estudio para premonición de la Guerra Civil demuestran la conciencia que tenía Dalí del clima de conflicto social y político existente en España antes de que ésta estallara. Picasso, por su lado, trabajó en los grabados Sueño y Mentira de Franco, y para su participación en el pabellón español de la República en la Exposición Internacional de 1937, presentó su obra maestra Guernica.
Sin embargo, sus posiciones ideológicas fueron completamente distantes. Cada uno de ellos se posicionó en diferentes bandos y esa “rivalidad” forjó una brecha en su relación que nunca llegarían a solventar. Mientras Picasso permanecía en París como refugiado, el catalán vivía en Estados unidos, donde encontró la fama y el reconocimiento que tanto buscaba. Su éxito americano no le distrajo de lo que ocurría en el viejo continente y sintió envidia de la exhibición y éxito del Guernica en el pabellón de la Exposición Internacional, aunque en realidad, le fascinó.
Picasso y yoSalvador Dalí volvió a España en 1948 y desde entonces no dejó de criticar abiertamente a Picasso. A pesar de sus irremediables muestras de desprecio en público, las cartas que enviaban Gala y Salvador al maestro cubista eran cariñosas y con un gran respeto, pero éstas nunca fueron contestadas. Y es que los celos eran mutuos, ya que el malagueño también sintió envidia del éxito que Dalí estaba cosechando por América. Sin embargo Picasso seguía interesándose por la vida sentimental del de Figueres, conociendo la relación que éste había mantenido con Federico García Lorca. Ambos artistas se querían y se respetaban, pero eran incapaces de alegrarse por el éxito ajeno. Incluso su amigo común, el torero Luis Miguel Dominguín, se esforzó por volver a juntarles, pero excusas absurdas por ambos lados evitaron el encuentro.
Dalí seguiría la producción de Picasso con entusiasmo pero en silencio, aunque nunca ocultaría todo lo que le debía. Picasso, por su parte, también siguió la carrera de Dalí hasta el final de su vida. Tanta admiración mutua, como muestra la exposición del Museo Picasso de Barcelona, quedó plasmada para siempre en los cuadros que nos dejaron y en los que se refleja la inevitable influencia del maestro en el alumno y la devoción que ambos se profesaron desde el mismo momento en el que supieron de su existencia.

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6 Responses

  1. 14 septiembre, 2015

    […] estancia en París. Santiago Rusiñol, además, era uno de los modernistas catalanes con quien Pablo Picasso coincidió durante el tiempo de Barcelona. Por otra parte, literatos como Ramón Gómez de la Serna […]

  2. 3 abril, 2016

    […] el enorme ascensor que tuvieron que montar en el Reina Sofía para poder subir el Guernica de Picasso, qué hay en el reverso de los cuadros y que el Guggenheim Bilbao existe una de las salas más […]

  3. 14 mayo, 2016

    […] del arte y sigue siendo fundamental tanto en la industria como en los medios. Artistas como Goya, Picasso y Dalí, eran ilustradores distinguidos que impulsaron el desarrollo de esta disciplina artística […]

  4. 18 septiembre, 2016

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  5. 6 abril, 2017

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