Henri Toulouse-Lautrec. De lo vulgar a lo fascinante

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Mirelle, la favorita del prostíbulo, posa delante del pintor. Fotografía de Maurice Guibert

El artista de los burdeles, de la noche parisina, del cabaret y de los prostíbulos, Henri Toulouse-Lautrec supo dar pinceladas fascinantes para convertir la cara oculta de la capital francesa en una obra de arte. Su alocada vida fue su cara y su cruz. Murió joven, vivió deprisa y disfrutó de las mujeres. Hoy le damos las gracias por su genial manera de entender la vulgaridad en el siglo XIX.

La juventud de Toulouse-Lautrec

Toulouse-Lautrec (Albi, Francia, 1864) nunca tuvo suerte con las mujeres, aunque pasó la mayor parte de su vida rodeado de ellas. Hijo único de una familia de la aristocracia francesa, destinado a vivir cómodamente, decidió ser pintor y qué mejor lugar para inspirarse que el barrio más bohemio de París, Montmartre. Allí se marchó en 1884 para sumergirse en el ambiente del barrio, donde coincidieron vecinos tan ilustres como Degas o Picasso. Tal fue su fascinación por los locales de diversión nocturnos que se convirtió en cliente habitual de ilustres lugares como el Salon de la Rue des Moulins, el Moulin de la Galette, el Moulin Rouge, Le Chat Noir o el Folies Bergère. No es de extrañar, pues, que todo lo que allí vio, vivió y sintió fuera el epicentro de su obra y que todo lo relacionado con mujeres, noche, alcohol, cabaret o prostitución fueran su inspiración. El París más libertino fue el lugar donde más a gusto se encontró.
Henri conoció con 19 años las vivencias del sexo con una modelo llamada Marie Charlet, posteriormente y tras otros romances, se va a vivir con Suzanne Valadon, una joven famosa, conflictiva y madre soltera, durante unos dos años hasta que él la abandona. Desde entonces comienza a mantener una actitud abiertamente cínica y abierta hacia el sexo femenino, al cual ama y rechaza a la vez, lo cual queda reflejado en sus obras que rozan la caricatura.

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Soledad (1896).

Los burdeles de París

Su cama es un ir y venir de amantes. Disfruta del sexo y sobre todo, del anonimato de los burdeles. Desde entonces hace de las prostitutas las protagonistas de sus obras. Posan para él, le ofrecen cariño y se divierte con ellas. “Uno es horroroso, pero la vida es hermosa”, dijo en alguna ocasión. Cierto es que Henri no tuvo mucha suerte con su aspecto físico pues apenas alcanzó el metro y medio de altura, sin embargo, sustituía su no agradaciada planta con su intelecto y su genialidad. Fue incapaz de mantener una relación estable debido a su inseguridad, que a su vez focalizaba en su pintura, a través de la cual se desahogaba, de la misma manera que lo hizo Gauguin o Van Gogh.
Los teatros, los circos, los cabarets contaron con sus carteles para promocionar sus espectáculos. Su producción fue enorme. Claro, no necesitaba inspiración. La tenía cada noche delante sus ojos. En sus pinturas, de una increíble fuerza y origininalidad, reflejan los ambientes de los cabarets, de los burdeles y muchas de ellas, tienen como protagonista el cuerpo de la mujer, casi siempre bailarinas y prostitutas, que se desnudaban ante el artista para ser retratadas.

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Rue des Moulins. La inspección médica (1894)

Su trazo, casi siempre imperfecto, dibuja todos sus rasgos, sin intentar ocultar sus curvas. Plasma a las mujeres tal y como se muestran, naturales, con o sin ropa, con el pelo descuidado, en la cama, desvistiéndose, subiéndose las medias…. El mundo libertario barrio bajero visto desde dentro. Sexo entre parejas, de lo que nos llega cuadros como El beso, sexo entre mujeres, del que saldrán obras como Las dos amigas o L´Abandon, travestismo, vouyerismo.

las dos amigas. Toulouse Lautrec. 1894

Las dos amigas (1894)

Henri vivió al máximo los años de París, con sus días y sobre todo, sus noches. La vida noctámbula y de crápula que llevaba Henri desde los 25 años motivaría su alcoholismo, sugiriéndose incluso que podría haber contraído la sífilis. Sus excesos le llevaron irremediablemente a perjudicar su salud. En un intento de su madre, Adèle Tapié, por salvar el ya inevitable destino de su hijo, lo saca de París para colmarlo de los cuidados y los lujos de los que tan tempranamente huyó. La primera mujer de su vida también fue la última.
La bohéme parisina nunca volvería a ser lo que era porque pesar de su juventud, Toulouse-Lautrec consiguió hacer lo que nadie antes hizo: convertir lo vulgar en fascinante.

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1 Response

  1. 12 abril, 2017

    […] de estilo art nouveau, como el Museo Can Prunera, que contiene en su interior obras de bocetos de Toulouse-Lautrec, Picasso, Gauguin, Klimt, Kandinsky, Klee, Joan Miró, Man Ray y […]

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